(Viene de la Primera Parte)

Qué lejos quedan aquellos tiempos en que íbamos de vacaciones o de fin de semana y nuestro padre, sí porque generalmente era nuestro padre quien lo hacía, sacaba de su funda aquel extraño y complejo aparato llamado “cámara de fotos” y nos hacía posar y disparaba ocasionalmente, porque con cada carrete sólo se podían hacer 24 o 36 fotos que costaban un dinero revelarlas. Y sólo después de que se acabara el carrete a la semana siguiente o quizás tres meses más tarde podías ver el resultado, muchas veces decepcionante por desgracia, generalmente por desconocimiento de la compleja técnica de hacer fotografías con aquellos dispositivos. Desde el surgimiento de la fotografía digital todo esto ha cambiado. Las cámaras son más o menos igual de complejas, pero el software que llevan (sí, porque son pequeños ordenadores y por tanto tienen software) proporciona muchas ayudas, y además, como no hay que revelar y las tarjetas de memoria tienen capacidad para miles de disparos, con la técnica de “prueba y error” puedes hacer una foto una y otra vez hasta conseguir el resultado esperado. Además luego están las herramientas informáticas que nos permiten mejorar lo que sale de la cámara. Todos hemos oído hablar de #Photoshop, que no es la única sino la más extendida. Con esto no quiero decir que cualquiera puede hacer buenas fotos, sino que para quien tiene talento especial para hacerlas es más asequible y rápido adquirir el conocimiento y el estilo para llegar a ser un gran fotógrafo. O sea, ahora disponemos de herramientas asequibles y fáciles de usar para hacer buenas fotos, pero ¿es por eso que hacemos más fotos? Quizás sí, porque es más fácil, pero ¿que obtenemos con ello? ¿Por qué seguimos haciendo fotos?

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En los tiempos de la #fotografía_química (prefiero usar este término en lugar de “analógica” porque el sentido real de analógico es otro) obteníamos las fotos en los negativos, que como su nombre indica contenían una imagen negativa de la real, es decir, con los colores invertidos, o si era en blanco y negro, con las luces oscuras y las sombras claras. Esto hacía difícil el visionado, primero por la dificultad de interpretación de la imagen, y luego porque el tamaño era demasiado pequeño para contemplarla varias personas a la vez. En el mejor de los casos el negativo apenas medía 35 mm. Es por ello que había que positivar los negativos en papel. Esto permitía ver las fotos como tenía que ser, y además “compartir” este visionado. Memorables son aquellas sobremesas del cuñado enseñándonos los álbumes de fotos de sus vacaciones. Porque las fotos en papel se clasificaban y archivaban en álbumes, y si eran muchas, se guardaban en cajas de zapatos sin clasificar. En contrapartida, la fotografía en papel era cara, ocupaba espacio, y las fotos se estropeaban con el tiempo, además de que en el positivado había cierta pérdida de calidad de imagen. Había una alternativa al negativo y era usar película de #diapositivas. Era más cara que la película de negativo, pero podías ver las fotos directamente y no hacía falta pasarlas a papel. La mejor manera de verlas en grupo era proyectándolas. Memorables también aquellas sesiones de proyección de las vacaciones del cuñado. Las diapositivas ocupaban poco, duraban más, y no se perdía calidad de imagen al no positivar.

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Con la irrupción de la #fotografía_digital se han perdido los álbumes, las cajas de zapatos y el ritual del visionado de las vacaciones del cuñado, al menos como era hasta ahora. Las imágenes se ven directamente en la pantalla de la cámara, o aún mejor, en la pantalla del ordenador, y tal cual como se obtuvieron. Y no ocupan espacio físico. Es más, las puedes grabar en un CD o en un DVD donde puedes almacenar cientos de fotos. Ahora el cuñado te sienta delante de su plasma de 40 pulgadas y te hace el pase de sus vacaciones en DVD, en el que figuran todas las fotos, incluso las desenfocadas, las trepidadas y las repetidas. Las fotos digitales también se pueden imprimir, y una y otra vez sin que las copias muestren diferencias entre sí. Es la magia de lo digital. Pero hacerlo en casa con un mínimo de calidad es costoso, más que antes con la fotografia química. La alternativa es recurrir a servicios de impresión digital, que lo hacen bastante bien de calidad y de precio y te entregan las fotos en papel fotográfico como los antiguos positivos químicos, o bien la impresión de álbumes fotográficos, con acabados profesionales y precios asequibles. Los álbumes son la mejor manera de guardar fotos de forma ordenada, pero dado que los acabados son profesionales, poner un contenido a la altura de esos acabados requiere un cierto trabajo de maquetación, y eso lleva su tiempo. Yo he intentado hacer álbumes de este tipo en dos ocasiones y no lo he conseguido.

Si lo miramos bien, la manera de ver fotos en la época química y en la digital apenas ha variado sustancialmente. El resultado final es el mismo, y esto no explica por qué hacemos ahora más fotos que nunca. ¿Dónde está la clave de este éxito de la fotografía en nuestros días, y que parece que aún no ha tocado techo?

(Termina en la Tercera parte)

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