(Viene de la Segunda parte)

Hace ya unos cuantos años, puede que en el 98 o en el 99, hubo una cosa que me sorprendió bastante. Estaba de vacaciones en París y contraté una visita guiada a Mont Saint-Michel en una agencia de viajes organizados en el mismo París. Una vez embarcados en el autocar, la mayoría del pasaje eran turistas japoneses. Durante el trayecto, muchos de ellos, los más jóvenes, jugaban con sus teléfonos móviles, con lo típicos juegos que llevaban los aparatos de aquella época. Una chica que iba en el asiento de delante mío, en un momento dado mientras hablaba alegremente con su compañera de asiento, alargó el brazo con que sostenía el móvil, juntó su cabeza con la de su compañera, le dió la vuelta al móvil, y ambas hicieron la V con los dedos mientras decían “cheese”. Luego la chica se acercó el móvil, miró la pantalla… ¡y en ella aparecía una pequeña foto con ambas! ¡Se habían hecho un #selfie!

“Y yo más alucinado que antes al comprobar que no sólo era la chica de delante la rara, y también preguntándome qué sentido podía tener el hacer fotos con un teléfono móvil”

La verdad es que me quedé alucinado. Se habían hecho una foto con un diminuto teléfono móvil, de aquellos en formato “concha”. Hacia el final del trayecto hay un momento en que por las ventanillas de la derecha del autocar se nos aparece el Mont Saint-Michel como por arte de magia, y justo en ese momento se revoluciona el grupo de japoneses y casi todos desenfundan sus teléfonos móviles y se ponen a hacer fotos de las vistas desde las ventanillas. Y yo más alucinado que antes al comprobar que no sólo era la chica de delante la rara, y también preguntándome qué sentido podía tener el hacer fotos con un teléfono móvil. Pues tuviera o no sentido, hoy quince años después no sólo es una realidad sino que es imposible concebir un teléfono móvil que no haga fotos. Es más, características como megapíxeles o apertura de diafragma figuran junto con las de capacidad de batería y horas de conversación.

Fotografiando con una Blackberry

Fotografiando con una Blackberry

Podríamos afirmar que el teléfono móvil (ya no añado “con cámara” porque la inmensa mayoría la llevan), o más correctamente #smartphone, teléfono inteligente, ha desplazado del mercado casi por completo a la cámara de fotos compacta de bolsillo. El pequeño tamaño, la facilidad de uso, y el hecho de que siempre llevas el teléfono encima son algunas las claves de este éxito. Además, de todos es sabido aquello de que la mejor cámara es aquella que siempre llevas contigo. Nunca tanta gente ha llevado una cámara en el bolsillo. Las limitaciones técnicas de estas cámaras, como son el reducido rango dinámico, el alto nivel de ruido con poca luz o la falta de zoom óptico no son obstáculo para obtener buenas fotografías, sino que encima aumentan la creatividad de algunos fotógrafos hasta conseguir auténticas obras de arte con estos dispositivos. Ya se realizan trabajos profesionales y hasta hay exposiciones de fotografía con teléfono móvil. Y para los no tan artistas el software también facilita “arreglos” bajo el nombre de filtros, capaces de disimular las carencias del dispositivo y/o del fotógrafo de una manera más o menos apañada y que también pueden ayudar a añadir algo de sentimiento a la fotografía.

Haciendo fotos con una Hasselblad y con una Nintendo DS

Haciendo fotos con una Hasselblad y con una Nintendo DS

Y la que considero la clave definitiva del éxito de la fotografía con móvil es una característica inherente del mismo dispositivo: la capacidad de comunicación. ¡Qué mejor que poder transmitir inmediatamente la fotografía que acabas de hacer! Esto lo ha revolucionado todo. Primero fueron los MMS, mensajes SMS con capacidad de transmitir imágenes, y ahora con la conexión de los teléfonos con Internet, la comunicación es global. Y de esto no sólo se haya beneficiado al gran público, sino que los primeros que lo aprovecharon fueron los reporteros de prensa, que podían ilustrar una noticia con imágenes a la vez que es estaba produciendo. Es más, ahora una corresponsalía se puede ahorrar un fotógrafo y un videógrafo. Y ahora los mismos medios de comunicación permiten y animan a que cualquier ciudadano en cualquier punto del planeta pueda ser reportero. En todas las noticias, tanto en televisión como en prensa escrita vemos imágenes captadas por “aficionados” con sus móviles. Pongo lo de aficionados entre comillas porque es el calificativo que usan los medios y yo considero que uno no es un reportero aficionado, sino que se trata de un ciudadano cualquiera que está en un lugar determinado viviendo una circunstancia concreta y comparte con los demás lo que esta viendo. A estas alturas creo que ya estamos en condiciones de explicarnos por qué se hacen tantas fotos hoy en día, pero aún no tenemos la respuesta completa.

Medios de comunicación, concursos con atractivos premios, paseos fotográficos o “photowalks“… Hay una gran demanda de fotografías por todas partes. Empresas y entidades nos piden constantemente fotografías, pero nuestra producción supera esta abrumadora demanda. Vayas donde vayas hay siempre alguien haciendo una foto. Hace años nos reíamos de los japoneses, que siempre iban con su cámara colgando y retratando todo lo que respiraba y lo que no. Ahora ya no nos diferenciamos de ellos. Basta con ir por la calle y pararte a hacer una foto al portal de una casa, por feo que sea, y al menos se parará alguien más a tu lado a hacer la misma foto sin saber por qué, sólo porque te ha visto a ti hacerlo. Y en actos multitudinarios como conciertos o eventos deportivos siempre hay un ejército de brazos en alto con teléfonos móviles, cámaras y hasta tabletas. Y no digamos ya los que se atreven a superar ese bosque de brazos con la ayuda de los tan deseados como odiados “palos de selfie“.

“Vayas donde vayas hay siempre alguien haciendo una foto”

En cada instante hay millones de personas haciendo fotos a todo, pero ¿dónde van a parar todas esas fotografías? ¿A álbumes de vacaciones que enseñarán a sus cuñados? ¿A mensajes MMS o de Whatsapp, a periódicos y a concursos? No, van a parar a las redes sociales. Éste es el auténtico motor que nos hace producir y producir cada vez más fotos. Las redes sociales que nos permiten saber qué piensan o qué hacen en cada momento nuestros amigos, nos sirven también para enseñarles a ellos lo que hacemos en cada momento, dónde estamos o qué guapos somos. Nos gusta aparentar, nos gusta que nos digan que les gusta lo que hacemos, nos gusta ser la  envidia de los demás. Y nos gusta saber de los demás para ver cómo les podemos superar. Hacemos fotografías para comunicar, para explicar cosas, para contar historias, porque una imagen vale más que mil palabras. Han cambiado los medios, pero no la finalidad.

¿Por qué hacemos fotos? Pues porque tenemos muchas cosas que contar. ¿Se os ocurren otro motivos?

 

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