Los #tacones empezaban a molestarme, el #sujetador y los #tejanos… no se que me sobraba más, ni en qué orden.

Me abrazaba en aquel concurrido y oscuro Pub, donde la música en directo nos acompañaba junto a su pícara sonrisa y prometedora mirada. La última copa y mis ojos brillaban más que los suyos, me lo notaba, no se si por el alcohol o por las ganas de llegar a su casa.

Recuerdo que me dijo en el oído antes de irnos, lo mucho que le apetecía quitarme mi camisa y verme con una camiseta suya por la mañana.

Me tensé. Nadie había hablado de pasar la noche juntos, aún así le sonreí y decidí aclararlo más tarde. Si descubrió mi malestar automático…, tampoco me lo comentó.

De camino al coche pasó su mano por mi cintura y volvió a incomodarme, con la excusa de consultar el bendito movil que sonó, me desprendí de su brazo.

Mientras buscaba las llaves de su coche en el bolsillo le dije:

-Tengo ganas de pasar un buen rato contigo, me gustas mucho, eres muy amable, difícil de encontrar en los tiempos que corren – le bromeé o no… – eres cariñoso, tierno, pero no quiero que nos equivoquemos. No necesito cariño, necesito pasión, ¿crees que podrás hacerme feliz dándome sólo eso hoy?

Estuvo como 2 minutos riéndose a #mandíbulabatiente apoyado en su coche mientras yo lo miraba sin saber qué decir y con la cara del emoticono de sorpresa de Whastapp, con los ojos muy abiertos. Cuando se secó las lágrimas de la risa, consiguió decirme:

– Cómo sois las mujeres…, bueno tú! Es la primera vez que alguien me pide sólo sexo. A cuchillo, sin maquillar, sin anestesia. Todas quieren sentirse protegidas, mimadas, queridas, seducidas… A mi cuesta muchísimo mostrar afecto por alguien que no conozco mucho, me estaba esforzando y la verdad es que me haces un favor, no sabes como te lo agradezco el que…

No le dejé acabar de hablar que me abalancé sobre él besándolo como si no hubiera un mañana. Pero fue él quién tomó las riendas y acabé con mi espalda en el capó de su coche y él sobre mí mordiéndome el cuello, besándome, agarrándome la cara con una mano mientras con la otra me sujetaba la nuca para no lastimarme. Su respiración, la mía, acabé cruzando las piernas a la altura de su cadera cuando noté su virilidad empujando en mi entrepierna y mi humedad tras los tejanos. Ganas de arrancarle la ropa, mis manos buscando su pecho, sus duros pezones… Miró a derecha e izquierda, respiró hondo y me incorporó con cuidado. Mientras me estaba reconstruyendo la ropa me dijo:

-¿Así?

-¡Vamos a tu casa ya!  Y yo duermo sola, no me quedaré a dormir.

-¡Perfecto! Yo también prefiero dormir solo, ¡ronco mucho! -me decía sonriendo desde el otro lado del coche con la mano en el bolsillo ocultando su trempera a los ojos de los que pasaban – y no tengo ganas de quejas.

-Calderilla, ¡yo más seguro! – Le decía desde el lado del copiloto a punto de entrar en su coche. – Y me gusta despertarme en mi cama enredada entre mis sábanas, tomar café en mi cocina recién levantada y ducharme con mi jabón Moussel.

-No se hable más. – Sentenció metiendo la llave en el contacto de su coche. – Las cosas claras y el chocolate… por tu cuerpo!

Un segundo de silencio. Mirada cómplice. Festival de carcajadas.

 

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