Rizos

A Anna la conocí una tarde de otoño y una simple mirada bastó para que me enamorara perdidamente de ella. Tenía una mirada #felina, a veces cazadora, a veces tímida y huidiza. De cuerpo menudo y fibroso, de esos cuerpos de gacela que los demás nos emperramos en conseguir a base de dietas y gimnasios y que ella lucía con natural desparpajo. Nariz prominente que, lejos de ser fea, encajaba perfectamente en una cara angulosa que servía de lienzo para una sonrisa franca y traviesa, que asomaba a la primera ocasión que tenía. Aquellos ojos oscuros, vivos y tristes a la vez, eran capaces de iluminar una habitación, haciendo que los presentes no pudieran hacer otra cosa que mirar absortos su piel color caramelo haciendo titánicos esfuerzos por mantener la compostura y no ceder al impulso irrefrenable de acariciarla compulsivamente.

Pero si algo tenía Anna que la hacía adictiva era su melena rizada. Ensortijada y caótica como su manera de ser, salvaje e indomable como ella. Un torrente de #ondulaciones que caían sobre sus hombros y parecían tener vida propia. Las horas que pasé yo perdidas hundido en esa cabellera, enredando mis dedos en ella, hundiendo mi nariz para inundarme de la fragancia a canela, a algodón de azúcar, a incienso y mirra que la acompañaba siempre. Los largos momentos perdidos en su oscura mirada, hipnotizados por aquella sonrisa de gata. Cuantos momentos intentando domar su pasión en la cama, intentando alimentar aquella salvaje #lujuria, intentando sujetar su cuerpo de anguila. Cuantas tardes mirándola a los ojos, temeroso de parpadear, no fuese a desaparecer, concentrado en acallar un “te quiero” que pugnaba a salir de mi garganta y que temía la haría huir como el cervatillo salvaje que era. Como recuerdo aquella caída de ojos, aquel gesto tímido, aquella expresión de “calla tonto” que me desarmaba, que hacía que todo lo demás desapareciera y solo quedase ella, su piel, su olor, su calor.

Aún recuerdo como me hablaba con desparpajo de sus otros amantes, como aquello me apuñalaba el corazón y como luchaba yo por mantener la expresión impávida mientras unos irracionales celos me destrozaban el alma. Y entonces ella sonreía, malvada, traviesa, sabedora del hechizo que, sobre mí, ejercía, esperaba hasta que intuía que el dolor era insoportable y entonces, me besaba, con un beso largo, tierno y mojado, que volvía a hacerme sentir el amo del universo.

Así conocí a Anna, así me enamoré de ella y así la amé con locura. De cómo la perdí, os hablare otro día que tenga el alma más compuesta y firme. Solo os diré que desde entonces, mi corazón da un vuelco ante cualquier cabellera rizada que se cruce conmigo en la calle, el metro o cualquier lugar y como aguanto la respiración con el corazón parado hasta que se vuelve, con la esperanza de volver a ver aquellos ojos clavados en mí.

Fotografía de Toni Martin @Drak2506

Juanma (@elsusurrador) instagram

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