Marcos regresaba a casa safisfecho, como siempre hacía después de una gran jornada de caza. Había elegido las localizaciones dos semanas antes y todo había salido rodado, tal como tenía previsto. Todo a excepción de un accidentado encuentro con una manada que casi le arrolla cuando estaba transitando por un paso estrecho. Como la manada que ahora le hacía pasar apuros para bajar las escaleras del metro.

Instintivamente se llevó la mano al bulto que emergía de su cazadora para comprobar si su arma de caza seguía en su sitio tras ese encontronazo en la boca del metro. No sería la primera vez que se le cae por un golpe mal dado. Pero más le hubiera dolido perderla como le pasó a un colega suyo en la Piazza di Spagna de Roma, que en un descuido notó un tirón de la correa y cuando se dio cuenta tenía la correa colgando lánguida sobre su hombro. Se la habrían cortado con un cuchillo o algo muy afilado porque el corte era limpio. Marcos se preguntaba por qué no ponían al día de una vez esa boca de metro, una de las más utilizadas por los millones de turistas que visitan la ciudad cada año y que aún seguía como el día que la inauguraron, ya casi nadie recuerda cuándo. Siempre era lo mismo caba vez que llegaba un convoy. Si aún no habías llegado a las escaleras cuando veías emerger en la calle los cientos de cabezas, era mejor esperar a que salieran todos si no querías que se te llevaran por delante. Y es que es normal que cuando subes en multitud por una escalera estés más pendiente de los peldaños y de no pisar los pies del de delante que de cualquiera que esté bajando por la escalera. Piensas “si me ve, que se aparte”.

Ya en el vestíbulo Marcos canceló el billete en la máquina como suele hacer siempre. A un paso de entrar por el pasillo de la máquina introdujo la tarjeta por la ranura, esperó a que saliera por la otra ranura, y siguió esperando a que se abrieran las compuertas para dejarle pasar. Súbitamente pasó por ellas como un rayo y justo al hacerlo se detuvo en seco, esperando que se cerraran justo a su espalda. Siempre lo hacía así para evitar a los típicos listillos que se cuelan en el metro pegándose a un viajero cívico. Un viajero cívico como él. Una ráfaga de aire caliente con una mezcla de olores que provenía de las profundidades del vestíbulo le sacudió la pituitaria. Primero el olor a café de la cafetería del metro, y luego ese extraño olor difícil de describir pero que todo el mundo sabe que es “olor de metro”. Y concretamente olor de esa línea de metro, porque no todas las líneas huelen igual. Una mezcla de olor a luibricante de motor y a chispazo eléctrico. Y a humanidad, mucha humanidad. Marcos se apresuró hacia la escalera de su andén porque sabía que esa ráfaga de aire caliente era señal de que llegaba un convoy, y no quería verse rodeado por otra estampida.

La carrera fue en balde, porque el metro que llegaba era el del otro andén. “Mejor”, pensó acalorado. Así podía caminar tranquilamente hacia el centro del andén para evitar los vagones de cabeza y de cola, que suelen ir más abarrotados de gente. Mientras caminaba le salió al paso una joven de aspecto desaliñado. Rápidamente un escalofrío sacudió sus cervicales y apretó su brazo derecho contra su cuerpo para notar el bulto bajo la cazadora y a la vez acercó la mano al bolsillo trasero de su pantalón para notar también el bulto de su cartera. De todos es sabido el modus operandi de los carteristas, y sobre todo de las bandas de jóvenes rumanas, que mientras una te distrae preguntándote cualquier cosa, otra pasa por detrás y te despluma en un abrir y cerrar de ojos. Y luego se te queda cara de tonto. Nunca le había pasado a Marcos, pero más valía prevenir. Cuando pasó a su altura, Marcos siguió caminando al frente con paso firme sin siquiera mirar a la joven. ¿Y si no era una delincuente y realmente quería saber en qué parada bajarse para ir a tal sitio o a tal otro? Le daba igual. “Que le pregunte a otro”, masculló casi en voz alta.

Una vez puso unos cuantos metros de distancia entre él y la joven desaliñada, un poco más allá del centro del andén, Marcos se detuvo y se quedó de pie de cara al anden contrario, pero sin perder de vista a la joven por el rabillo de su ojo izquierdo. En ese momento empezó a vibrar el suelo y a oirse el ruido de un nuevo convoy que se acercaba. A pesar de que por el origen del ruido se podría pensar que el convoy que venía era el del otro andén, Marcos sabía que era el suyo porque precisamente el último que había pasado por la estación era el del otro sentido. Es curioso que cuando se acerca el metro siempre se empieza a oir por donde no viene. La ráfaga de aire, esta vez sin olor a café ni a humanidad, sólo el olor a lubricante y electricidad, le vino a confirmar lo que ya sabía, que venía su metro.

Marcos nunca acertaba dónde se detendría la puerta. La verdad es que era fácil acertar, porque los trenes siempre se dentienen en el mismo punto, pero como él no se fijaba en ello, siempre se ponía en un sitio diferente del andén, donde a él le parecía. Y nunca lo acertaba, y de nuevo se quedó entre dos puertas. Antes de que se abrieran miró a una y a otra para decir por dónde abordar el vagón. Y lo cierto es que tampoco tenía sentido, porque sin apenas tiempo para pensarlo sus pies ya se dirigían hacia una de ellas, concretamente la de la derecha. Como siempre Marcos se puso a un lado para dejar salir a la gente, y una vez ya no salía nadie alargó la pierna izquierda para entrar en el vagón. Cuando aún no había completado la acción con el pie derecho salió como un cohete un joven del vagón chocando contra su hombro derecho de Marcos, de tal manera que la cazadora se abrió y su arma quedó a la vista, expuesta a las miradas de los viajeros. Marcos la escondió de nuevo bajo la cazadora con un movimiento rápido de su mano izquierda mientras arrugaba la nariz como gesto de desprobación, no por el choque propiciado por el joven ni porque no le hubiera dicho un “perdón”, sino por el extraño olor a cerveza, a vómito y a hachís que dejó tras de sí, como si de una estela se tratase.

Cuando las puertas se cerraron y el tren empezó a avanzar, Marcos observó al joven a través de la ventanilla de la puerta. No le dio tiempo a fijarse en él durante el rápido choque, pero lo que vio por la ventanilla le confirmaba el perfil que se había hecho en la mente. Era un joven muy delgado, con la cabeza casi rapada a excepción de una larga rasta en un lado, el mismo lado de una oreja cuyo lóbulo lucía una abominable dilatación por la que cabrían perfectamente dos dedos de la mano. Sin duda era un ejemplar para ser cazado con su arma, con una cabeza digna de figurar como trofeo de caza.

Ya en el túnel, Marcos se volvió mirando al resto de viajeros del vagón. Nunca se sentaba, porque eso le daba más libertad para observar. Le hacía gracia comprobar la individualidad de cada persona, todos ellos juntos en un mismo sitio pero cada uno con lo suyo. Antes los viajeros del metro miraban más, cruzaban sus miradas. Hasta seguro que se establecían relaciones, aunque sólo fueran con las miradas. Ahora no, todos están pendientes de las pantallas de sus teléfonos móviles, o con los ojos cerrados mientras escuchan música que también suele salir de esos mismos dispositivos. Esto le daba más confianza a Marcos para contemplarlos sin pudor. Incluso por momentos se sentía animado a sacar su arma y empezar a disparar. A disparar a discreción, sin un orden ni un objetivo claro. Un hombre grueso casi frente a él sentado llamó su atención porque sostenía su teléfono móvil entre sus dos manazas mientras la cabeza le colgaba sobre el pecho, hacia abajo, posiblemente víctima del sopor del sueño. O porque su teléfono móvil le aburría. Marcos empezó a apartarse la cazadora con su mano derecha y a acariciar el arma… pero se abrieron las puertas del vagón, y apartando ligeramente la mirada del hombre dormido para ver el nombre de la estación en el andén comprobó que había llegado a su estación, por lo que rápidamente volvió a cerrar la cazadora y de un salto aterrizó en el andén, justo como había hecho antes el joven de la rasta.

Por poco se pasa se estación. Marcos tenía que aprender a controlar esos impulsos. Se dirigió hacia la salida del andén que le conduciría a su casa y se acomodó en el primer peldaño de la infinita escalera mecánica mirando hacia atrás, viendo cómo el andén se hacía pequeño. Volvió la mirada hacia adelante y se topó con dos pantorrillas femeninas subidas en unos zapatos de tacón. Ni se fijó en los zapatos. Las piernas le parecieron larguísimas, y Marcos empezó a trepar visualmente por ellas. Corresponderían a una mujer de en torno a los 30 años o quizás menos, calculó Marcos. O quizás más. Era muy dificil calcularlo sólo viendo unas pantorrillas. De las pantorrillas pasó a los muslos, más concretamente a los bíceps femorales, que era lo que tenía frente a él, a la altura de la mirada. Y trepando, escalando, ansioso de saber dónde se acabarían esas interminables piernas, tan interminables como deseaba que lo fuera aquella escalera mecánica. Piernas sin medias, desnudas, completamente desnudas. Y las piernas se acabaron en una corta y ajustada falda que apenas era capaz de contener la tensión de aquellos glúteos, unos glúteos con las proporciones perfectas, Marcos sintió el impulsto de disparar. No podía dejar escapar aquella pieza. Y aquellos glúteos empezaron a bajar, obligando a Marcos a bajar también la mirada. Y las piernas que salían de ellos empezaron a dar pasos, a caminar, y Marcos tuvo que dar un salto para no quedarse al final de la escalera mecánica.

Aún detrás de la mujer de la escalera, Marcos comprobó que no era tan alta como parecía, a pesar de los tacones. Las alturas relativas en la escalera engañan bastante. Ella caminaba con paso firme y decidido, con pisadas sonoras, y él detrás, a una distancia prudencial que le costaba mantener porque sus pasos eran más largos que los de ella. Por cada dos pasos tenía que dar uno más corto para no echarse encima de ella. El rastro de olor que dejaba la mujer aceleraba el corazón de Marcos, que casi le salía del pecho. Pero no era el momento ni el lugar para disparar. Allí no. Y la cacería había acabado. La mujer se dirigió hacia la escalera de la boca del metro, la de salida a la calle, pero en lugar de subir en la mecánica empezó a subir los peldaños de la escalera normal. ¿Por qué si la mecánica funcionaba? Marcos siguió tras ella, sin importarle que la escalera mecánica funcionara. Y lo que vió superó con creces la visión de la escalera mecánica. El movimiento de las piernas subiendo escaleras provocaba también el movimiento de aquellos glúteos, y con él el movimiento de las arrugas de la falda, esas arrugas horizontales que se forman entre nalga y nalga por la tensión del tejido. Las arrugas se balanceaban como se balancea de proa a popa un barco en un mar con marejada. Un lado subía y el otro bajaba, y luego al revés. Hipnótico. Pero Marcos tampoco podía disparar aquí porque la luz que venía de la calle lo cegaba.

Y fue una lástima, porque la pieza se le escapó. Al llegar a la acera la mujer giró a la derecha y él tenía que seguir recto. “Bueno, ya nos volveremos a encontrar”, se dijo Marcos dibujando una media sonrisa con los labios. Y es que Marcos tenía más necesidad de llegar a casa que de seguir a aquella mujer de los glúteos perfectos. Había sido una buena jornada de caza y tenía que comprobar sus capturas. Pensando en ello no se fijó en la gente que se cruzaba por la calle. Sólo tenía una cosa en mente: llegar a casa y descargar.

Marcos entró en una habitación que usaba como despacho y encendió el ordenador sin quitarse la cazadora. De ahí fue a la cocina y de la nevera sacó un botellín de cerveza. Estaba sediendo. Las jornadas de caza por la ciudad de daban mucha sed. La abrió y le dió un trago largo, dejó el botellín en la mesa de centro, se quitó la cazadora y la lanzó sobre el sofá. Apenas entraba luz del exterior porque Marcos solía tener las persianas muy bajadas, casi cerradas. Así el piso parecía más fresco y discreto. Volvió a tomar la cerveza y la apuró de otro trago. Acto seguido entró en su despacho y se despojó del arma, que colocó sobre la mesa. Tiró de un lateral de la zona de sujección abriéndose una trampilla, y sacó una tarjeta de memoria, que inmediatamente introdujo en la ranura correspondiente del ordenador. Apareció una ventana preguntándole qué quería hacer con la tarjeta, y él escogió importar las fotos en Lightroom.

Marcos era fotógrafo, uno de tantos. Malvivía de los trabajos que le encargaban, que eran de lo más variado. Y cada vez menos. Tanto le caía una boda como le tocaba hacer un book a una modelo, hacer fotos de pisos para una inmobiliaria, o de los platos de la carta de un restaurante. Y la competencia era cada vez más dura. Por todo ello sufría temporadas en que empezaba a aborrecer la fotografía, a tener deseos de dejarlo todo, y era entonces cuando organizaba una cacería en la ciudad. Una cacería para él solo, porque Marcos era un cazador solitario. Y lógicamente salía a cazar con su inseparable arma, su cámara de fotos.

Revisar las fotos en el ordenador era la parte que más le gustaba cuando salía de photowalk1 por la ciudad. Verlas todas a descubrir qué había salido en ellas. Porque Marcos disparaba casi sin mirar, por impulso. Y porque sabía que en las fotos descubriría cosas que no había visto con sus ojos, que con el obturador captaría imágenes que sus párpados ingnoraron, y ahora tenía prisa por saber qué iba a descubrir hoy. Tras un par de minutos importando las fotos, en la pantalla de Examinar aparecían las miniaturas de las capturas del día. Marcos cambió a vista completa y empezó a mirar con detalle cada foto. Como disparaba sin mirar, muchas fotos salían movidas, torcidas, mal compuestas o incluso borrosas, pero eso era parte de la gracia, porque mostraban dinamismo. Marcos eliminaba aquellas fotos que en un primer vistazo no le decían nada ni le removían nada por dentro. Si mantenía ante él una foto durante más de 5 segundos, esa foto era candidata a ser conservada. Se quedó mirando una, algo torcida y mal compuesta en la que aparecía un hombre desaliñado sentado en un portal de un bloque de pisos. El hombre le miraba, o mejor dicho miró a la cámara cuando Marcos disparó, pero no se dió cuenta en aquel momento. Cosas como ésta eran las que emocionaban a Marcos. Pasó a la siguiente foto. Todo aparecía movido y muy torcido, como si hubiera disparado con la cámara colgando de la mano. Quizás fue así. Podría ser una foto abstracta. Incluso si Marcos hubiera tenido un nombre en la fotografía habría gente que pagaría burradas por poseerla. Pero a él no le decía nada, así que la borró. No sintió ni siquiera el impulso de conservarla “por si acaso”. La siguiente era muy parecida, pero salía una mujer caminando casi a la misma velocidad que se movía la cámara durante el disparo, lo que quedó en un interesante barrido. “Me gusta”, y Marcos pasó a la siguiente.

vitruvioY en la siguiente foto le subió una oleada de calor desde el pecho que casi le abrasa la garganta. Hasta creó que se le detenía el pulso. En esa foto aparecía algo que le resultó muy familiar. Familiar y quizás también deseado. Allí estaba ella, la mujer de la escalera. De pie frente a un escaparate, que Marcos no recordaba ni dónde era. La veía de cuerpo entero, pero de espaldas. La verdad es que en las escaleras no se fijó en el resto del cuerpo. Si aquellos glúteos eran perfectos, el resto del cuerpo iba en consonancia. Una cintura perfecta, unos hombros perfectos… A Marcos le vino a la cabeza el famosos dibujo de Leonardo da Vinci del Hombre de Vitruvio2, aquel de las proporciones perfectas, pero con el cuerpo de esa mujer dentro del circulo y del cuadrado. Sin embargo en la foto ni se veía ni se podía intuir ningún rasgo de la cara. Una frondosa mata de pelo negro ocultaba cualquier detalle que pudiera ayudar a reconocerla de encontrársela otro día, como una oreja con un pendiente o una mejilla. Marcos amplió la imagen, pero nada. Contento por su hallazgo pero a la vez desilusionado pasó a la siguiente foto… y la volvió a ver, frente al mismo escaparate pero desde otro ángulo. Marcos amplió de nuevo la foto a la altura de la cabeza, y sintió una sensación como de alivio y de victoria a la vez. Su cara se veía reflejada en la luna del escaparate, y ahora sin duda sería capaz de reconocerla si se la volvía a encontrar.

Continuará…


  1. Photowalk: Paseo fotográfico.
  2. Hombre de Vitruvio: Famoso dibujo acompañado de notas anatómicas de Leonardo da Vinci realizado alrededor del año 1490 en uno de sus diarios.

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