Como aficionadillo al deporte y al turismo, y poseedor con orgullo de cierto componente friki, no tuve mejor idea, hace unos meses, que apuntarme a la maratón de Atenas.

Hay muchas maratones en el mundo, si, pero además de no haber estado nunca en Grecia (ni obviamente en Atenas), en esta maratón no hay ni sorteos ni te piden súper marcas para entrar como por ejemplo en Berlín o Nueva York. Además de esto, el atractivo de esta carrera radica en la simbología y la historia, ya que los propios organizadores la catalogan como la “La auténtica maratón”, es decir, la que une el pueblo de Maratón con Atenas.

Para quién no lo sepa, comentar de forma resumida que las maratones de hoy en día se llaman “maratones” por la leyenda de Filípides, que supuestamente corrió desde Maratón a Atenas para comunicar que habían ganado la batalla de Maratón a los persas…aunque hay diferentes versiones de esto.

Bueno, una vez hecho este apunte de listillo, paso a explicar un poco esta “aventura” en la que me acompañó Rufino, un compañero de trabajo. Rufino, al que su tranquilidad le impide correr, tuvo la durísima labor de hacerme de guía, fotógrafo, psicólogo e incluso entrenador haciéndome patear la ciudad arriba y abajo los días previos.

La ciudad me sorprendió para bien, quizá porque no esperaba mucho a parte de los topicazos como la Acrópolis, pero tiene barrios con encanto como Plaka o Monastiraki,  con mucho ambiente y muchas terrazas, y está muy bien para callejear, tomar algo o comprar.

Como anécdotas, confirmar que te puedes hacer fotos pero no selfies con los “soldados” de la plaza Syntagma (lo pongo entrecomillado porque me cuesta pensar en un soldado como alguien con falda y pompones en los pies), y el hecho de que absolutamente todo el personal de tiendas, bares y restaurantes nos tomase por autóctonos dirigiéndose a nosotros en griego, que no es un idioma muy intuitivo precisamente.

Pero vamos con “el gran día”, el dia de la maratón, el dia D. Alarma a las 5 de la mañana para desayunar e ir a buscar los autobuses que llevaban a la salida en Maratón. Allí, ya se empieza a palpar lo que distingue una maratón de cualquier otra cursa, gente de un montón de paises y procedencias (incluidos polacos vestidos de espartano), calentamiento, atracones de todo tipo de potingues energéticos e isotónicos y muchos nervios hasta el pistoletazo de salida.

“Si quieres correr, corre una milla; si quieres cambiar tu vida, corre un maratón”. Emil Zatopek

La maratón en si, tiene más de simbólico e historia que de bonita, transcurre casi toda por una carretera entre bosques y alguna zona industrial, vamos, para que me entendáis, como si aquí fuese entre Granollers y Barcelona, por ejemplo.  Tan sólo se anima al cruzar algún pequeño pueblo, donde la gente sale a animar, a repartir ramitas de olivo y a gritar “Bravo, bravo!” que es como jalean ellos a los corredores.

Los kilómetros van cayendo a cuenta gotas (por lo menos a mi ritmo), y es que hay tiempo para pensar muchas cosas y tener sensaciones muy diferentes, desde buenísimas a malísimas. Hay que mentalizarse, ser paciente y distraer la mente con cosas que vas viendo, o pensar en tus cosas. Hasta el kilómetro 10, el recorrido es bastante plano, luego hay algún sube baja que ayuda a castigar las piernas y del 17 al 31 hay varias subidas, con una rampa final especialmente dura.

Éste era el punto de inflexión ya que en teoría había pasado lo peor (las subidas y el temido muro),  y los últimos 11 kilómetros eran en descenso. No fue tan fácil, el cansancio hizo mella y las ganas de acabar hicieron este último cuarto de carrera muy, muy largo y acabé haciéndolo prácticamente al mismo ritmo que la parte más llana.

La recompensa, además del simple hecho de acabar como en cualquier otro reto, fue la llegada dentro del Estadio Panathinaikó. En este estadio, construido íntegramente de mármol blanco, se celebraron los primeros Juegos Olimpicos modernos (1896) y le da un toque legendario al evento. Esto, unido a los ratos de sufrimiento, a recordar tantos entrenos, acordarte de gente, etc…hicieron que la llegada a meta fuese emotiva. He tenido la suerte de acabar tres y aunque la primera siempre será “la primera”, la emoción al cruzar el kilómetro 42,195 es siempre especial.

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