Hace unos días, coincidiendo con la última etapa de la Volta Ciclista a Catalunya me di una vuelta por la zona de Plaça d’Espanya y Montjuïc para vivir el ambiente del ciclismo. Aunque había visto alguna otra vez ciclismo en directo, esta vez pude verlo de cerca y sin demasiada aglomeración de público, y así, pude cotillear también el mundillo menos visto, material, mecánicos, y la logística que mueven los equipos.

Es normal que hubiese poca gente, no es el deporte rey precisamente, y hacía un calor bastante sofocante, y ya se sabe que en estos lares. Es hacer buen tiempo un día después del frío, y la gente se viene arriba, saca las chanclas, las bermudas y se tira a la playa y a las terrazas abriendo la veda del postureo primaveral, pero ese es otro tema.

Obviamente la primera impresión es la velocidad a la que rueda esta gente, es escandaloso ver las medias de velocidad, como ruedan en llano, suben o bajan, por no hablar de la habilidad (por ejemplo saltando con la bici por encima de alcantarillas) o del riesgo de rodar en grupo de 50 o 60. Van lanzados, a un dedo de la rueda trasera del que va delante y a  medio metro de las vallas y del que llevas al lado. Vamos, nada que ver con los domingueros que montamos en bici que ya nos cuesta mantenernos en linea recta solo por alargar el brazo para coger el bidón.

 

Como os comentaba antes, y sin ser un gran entendido,  me llamó mucho la atención el tema logístico y en general el acompañamiento de los equipos, poder ver de cerca las bicis que llevan los profesionales, y varios detalles más. La caravana de camiones en meta se recoge en 5 minutos, los autocares y camiones de los equipos van perfectamente equipados, sólo os diré que en los maleteros de los autocares llevan lavadoras, pero lavadoras como las que tenéis en casa, vamos… y es que esos maillots y culottes si no los lavas rápido no les quita ya el olor a sobaquina ni el Jabón Lagarto…por experiencia.

Otro aspecto que me gustó mucho es la cercanía y el trato bastante “terrenal” que hay entre ciclistas y aficionados. Bueno, supongo que es dificil que a esta gente se le suba la fama a la cabeza (que también los habrá), primero porque la mayoría no son famosos y es difícil que se te suba a la cabeza una fama que no tienes, y segundo porque salvo casos excepcionales como el de Mario Cipollini, el fuck….quiero decir el spinter italiano, la mayoría son más bien escuchimizaos, feotes y con moreno paleta….vamos que mucho cacho no creo que se pille.

Si lo comparas por ejemplo con un piloto de motos, está claro que no sale a cuenta, éstos van en moto, ganan mucha más pasta y encima la moto les da un aire canallita que así acaban con la cadera, y no de caerse de la moto, precisamente.

Además que por mucho que se diga un tío con mallas cortas, un casco rarísimo y una gorra de niño travieso antiguo, mucho glamour no tiene, por mucho que los hipsters, modernos y guays varios se empeñen en incluir en su atuendo prendas de ciclista de los setenta.

Volviendo la tema en cuestión, y poniéndonos serios,  yo me considero un aficionadillo del montón y empiezo a estar desfasado en cuanto a ciclistas actuales ya que de hecho ni conocía a muchos de ellos y eso que los tuve a un metro. La cuestión es que esto me hizo pensar y confirmar una opinión que ya tenía, con todo el respeto para el resto de deportes, pero si hay uno en que la relación éxito, dinero, fama, etc…. partido por el esfuero, sufrimiento y riesgo no sale a cuenta, es en éste. Vale, si, muchos de vosotros pensaréis en el dopaje y el lado oscuro del ciclismo, pero para mi, aun de doping hasta las cejas, lo que hace esta gente sigue siendo sobrehumano.

Para ir acabando y como curiosidad, al llegar a casa, me puse a mirar con calma las fotos que hice con el móvil disparando ráfagas casi sin mirar. En una de ellas, la que se muestra ahora, se podía ver al dorsal 34 y al comprobar en internet quien era (si, soy un friki),  me enteré de que se trataba del canadiense Svein Tuft. La gracia es que comencé a ver varios artículos que contaban la historia de este ciclista, me picó la curiosidad y descubrí una historia cuando menos curiosa.

 

Por resumir, lo que os puedo garantizar es que no es un ciclista al uso. Pudo vivir en una familia acomodada y decidió cogerse su bici, montarle un remolque con cuatro cosas y su perro e irse a las montañas a la aventura. Vivía de lo que ganaba en pequeños trabajos, y seguía avanzando a la que tenía dinero para seguir con su viaje… su filosofía, que lleva tatuada en el brazo, “We will never be here again”  (Nunca volveremos a estar ahí).  Sin buscarlo, ese viaje acabó en el ciclismo profesional.

Por último, me permito el lujo de recomendar un par de libros que reflejan de forma bastante explícita el mundo del ciclismo basados en las experiencias de dos ex-ciclistas profesionales: David Millar y Charly Wegelius.

Fotos: Miki Contreras

 

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